sábado, 1 de abril de 2006

CAMALEÓN

foto creación familiar

Probablemente la función del camaleón sea cambiar de color, pero no es cierto. Hoy he comprobado que los camaleones tienen mil ojos para ver en todos los sentidos y desde todos los ángulos. ¡Añoro ser camaleón! Mil ojos necesito, junto a mil ángulos que me den su fruto. ¿De qué me sirve esta sensibilidad si fui incapaz de despertar la suya?

Desde niño no tuve suerte con las mujeres. Era el bobo de la clase. A cierta edad mi cuerpo se convirtió en un una masa informe, llegué a creer que mis muslos se estorbaban uno al otro cuando caminaba, por eso siempre miraba al suelo temeroso de encontrar de frente a los compañeros, a las muchachas o los profesores. ¡Qué estúpido! ¡Cuántos momentos perdí en aquellos años!

Yo la miraba a hurtadillas con ese sentimiento confuso de indignidad creyendo que ella se fijaba en mí. Sus labios granas, sus dedos alargados, sus pechos incipientes... hasta el colmillo que tenía montado encima de los dientes me parecía fascinante. Alguna vez me hice el encontradizo para luego, antes de que ella me descubriera quitarme del alcance de su vista escondiéndome en un portal, o yéndome por cualquier vericueto. Por entonces escribía su nombre junto al mío hasta agotar la tinta o el papel, pero aún no había comprobado que los camaleones tienen mil ojos para ver en todos los sentidos y desde todos los ángulos.

Recuerdo aquella tarde al salir del instituto, ella llevaba unos vaqueros ceñidos y esa camiseta de tirantas verde que tanto me gustaba. Los chavales se disputaban su compañía y ella se alejaba contoneándose haciendo gala de su seguridad de hembra. Yo la seguí desde lejos, con tal esmero plantaba mis pies que ni un ápice de sus pisadas quedaban sin ser cubiertas. Y es que ella me tenía sorbido el “sexo” (nunca dicho con más acierto). Comía por ella, bebía por ella, salía por ella, dormía por ella... en definitiva: vivía por ella. Hasta llegué a ponerme a régimen pensando en ella. ¡Qué inexperto era!, porque hoy he descubierto que el camaleón tiene mil ojos para ver en todas los sentidos y desde todos los ángulos. Lo supe dentro de la iglesia mientras decían el responso.

Desde donde mi hermana y yo nos situamos se divisaba por completo el templo, nada quedaba a nuestras espaldas. Al frente y a lo lejos, el ataúd con el crespón negro parecía enlutar las colgaduras, las paredes, las velas… enroscando el luto entre los bancos y nuestras piernas. Mi hermana me apretó la mano sabedora de que yo era el único cómplice de aquel secreto que arrastraban desde la adolescencia, pero lo que no sabía mi hermana es que yo era culpable de la muerte de nuestra amiga, porque no supe ver como el camaleón en todos los sentidos y desde todos los ángulos para despertarle la sensibilidad de que se aceptara tal y como era sin importarle nada.
Yo la quería ¿sabes? Sí, la quería. Pero ella quería a mi hermana. Las dos se querían.



Sacado de mi libro "El Cuerno del Unicornio"

3 comentarios:

GUINEVERE dijo...

¡Que hermoso escribes! Este fue un descubrimiento maravilloso. Te leí en el blog de avalon y te seguí la huella.

¿Eran lesbianas? ¿O se amaban como dos simples amigas? ¿Nunca supo ella de tu amor?

Bello articulo, claro, aunque triste.

Saludos

INMA VALDIVIA dijo...

Me alejo de hablar de mi, aunque rompo mi silencio agradeciendo tus elogios.

Guinevere estoy enamorada y felizmente casada, soy madre de tres hermosos hijos, pero quienes tenemos la dicha de conocer el verdadero amor creo que poseemos la sensibilidad de comprender lo que es estar enamordo. Y por lo que he leido en tu blog deduzco que tu posees esa sensibilidad, sólo que más científica.
Te he visitado

GUINEVERE dijo...

Tremenda ciega que soy. No me había dado cuenta que no era una experiencia tuya, sino un fragmento "Sacado de mi libro "El Cuerno del Unicornio""...

De cualquier manera, me ha gustado tu blog.