sábado, 22 de abril de 2006

EL PRECIPICIO



El sol penetraba por la cristalera iluminando la mesa. Era consciente de que el horario no sería la varita mágica que resolviera su vida, ni la panacea de todos los problemas. Sobre el papel Tere fue dibujando cuadrículas, con los números que representaban las horas del día y los días de la semana con la ocupación anticipada. Mira las líneas del horario. Las sigue con esa otra visión que calcula y prevé llena de esperanza, aunque dándose cuenta que faltaba espacio para cumplir sus proyectos.

Aquel año fue fatigoso para ella: los clientes de la empresa, las tareas de la casa, las enfermedades de los abuelos, sacar tiempo para disfrutar con los hijos, para comunicarse con sus pareja… fue un año agotador y al mismo tiempo educativo, porque descubrió que los sentimientos no pueden programarse como el despertador que se pone en marcha y salta su silbido en la hora preestablecida. Los sentimientos irrumpen deliciosamente, como un borbolleo de agua fresca, rompiendo lo cotidiano, o violentamente como una tempestad en el océano.

Se acercaba la fecha. Los días que restaban para las vacaciones se transformaron en papelitos de listas distribuidos por toda la vivienda detallando las cosas necesarias que iban a llevarse. Las maletas y mochilas permanecían en cada habitación con sus cremalleras abiertas, dispuestas a tragarse casi todo lo que les echasen.

- Antonio, ¿vas a llevar algún libro?, tendrás que aprovechar el tiempo, a ver si sacas algunas asignaturas de las que te han quedado.
- ¡Si mamá... voy a llevar inglés! ( dijo quejumbrosamente).
- ¿Nada más que inglés? Luego se te viene el tiempo encima, y aún no has estudiado nada este verano.
- ¿No creas que voy a estar todo el tiempo estudiando?. Yo sé lo que hago. También llevaré el pajarito para soltarlo por allí.

Antonio era moreno, de hombros anchos, musculosos, con tal vigor en su cuerpo que rebosaba energía. Sus ojos tenían la percepción inquieta de la juventud, esa mirada fascinante con la que todos hemos mirado alguna vez interiorizando las vivencias, como si quisiera apoderarse de la existencia.

Casi todos los años pasaban unos días en la playa. Por las tardes había menos gente. Tere caminaba junto a Pedro justo por la orilla. Las arenas se alargaban uniformemente. El sol perdía su fuego. Un avión cruzaba a lo lejos, sobre el mar, siempre a la misma hora. Mientras, en el apartamento, los hijos se adueñaban de la ducha y salían con la piel charolada, brillante de tanta agua y tostados por el sol. Pero éstas serían unas vacaciones diferentes. Habían renunciado a la playa después de consultar con los niños, aunque como siempre, Luisa manifestó su descontento diciendo en tono enérgico a su padre:

- ¡No sé por qué tenemos que ir todos!
- ¿Qué dices…? ¿cómo que no lo sabes?
- No, no lo sé.- chillaba Luisa mientras recogía la mesa - Todos los años lo mismo. Yo no digo que no me haga ilusión la montaña, pero no puedo faltar a los cursos de informática.
- ¿No me digas?. - Dijo con cierto deje irónico Pedro - ¡Seguro que si es con las amigas no hay obstáculos!

Cuando terminó la familia de quitar los platos, aún con la panera sobre la mesa y las servilletas, Pedro trajo las revistas de viajes y se dispusieron a ver qué lugar sería el más apetecible que reuniese las condiciones de alojamiento y disfrute para todos. Por supuesto tenía que ser en un apartamento, era lo más ventajoso. Por fin se optó por las Alpujarras Granadinas, pero eso sí, el apartamento tendría que tener piscina porque, Marta decía que, unas vacaciones sin bañarse son un aburrimiento. Aunque Marta fuese la más pequeña de los hijos, se hallaba imbuida en la metamorfosis de la pubertad. De carácter sonriente, su mirada derramaba la música contagiosa de la inocencia.

Recuerdo que salieron temprano para el lugar de destino con la ilusión de ver algo distinto. Hicieron un alto en el viaje. Tras desayunar continuaron la marcha. La carretera se abría a su paso como un río de asfalto sin límites en el horizonte, después, el serpenteo hasta llegar a Granada respaldada por su sierra. Todo marchaba según lo previsto, alegres, relajados, sin temores. Comenzaron el ascenso al techo de la península. El ave revoloteaba en el coche. Los hijos se alborotaban para atraparlo. La carretera caprichosamente se volteaba escalando las estribaciones de la sierra dejando al desnudo parajes abruptos y angustiosos...



Fragmento (1º premio)
III Certamen Narrativa y Poesía femenina de Arahal (Sevilla)

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2 comentarios:

El Escritor dijo...

Hola Inma

Vigila. No pongas los textos enteros en el blog :-) Sólo extractos.
Un saludo.

INMA VALDIVIA dijo...

Hola Escritor
Aprendo la lección.
Un orgullo recibir tu visita.
Saludos cordiales